Hay historias que no se escriben en papel. Se tejen. Se entrelazan en fibras naturales, en gestos repetidos y en memorias que pasan de generación en generación. El canasto es una de ellas.
El canasto: una historia que se teje entre manos -
En municipios como Zapatoca y Ortega, existe una tradición que se construye con fibras de bejuco e iraca, y que ha viajado en el tiempo desde las manos de las abuelas hasta las de quienes hoy continúan el oficio.
En Zapatoca, Alix Plata lleva consigo la huella de una tradición familiar de más de ochenta años. Su historia comenzó con su abuela, quien elaboraba canastos de bejuco, enseñándole que cada tejido no solo cumple una función, sino que guarda una historia.
Cada pieza que Alix crea es un diálogo con el pasado, una forma de honrar el conocimiento heredado y de mantener vivo un legado que ha resistido al paso del tiempo.
En Ortega, María del Carmen ha dedicado su vida a que la cestería en iraca se consolide como un oficio insignia del municipio. Sus manos replican los saberes que aprendió de su madre en el resguardo indígena de Quintín Lame, donde el tejido es también una forma de identidad y resistencia cultural.
Su labor ha sido clave para que nuevas generaciones reconozcan el valor de este oficio y continúen tejiendo su historia.
Más que objetos, estos canastos son nidos de memoria. En sus fibras habitan las manos de madres, abuelas y maestras que han transmitido su conocimiento con paciencia y dedicación.
Cada tejido recoge el pasado, sostiene el presente y proyecta el futuro de una tradición que sigue viva en cada hebra.
Porque en Colombia, las historias también se tejen. Y en cada canasto, una comunidad entera encuentra la forma de permanecer.
Buscar por palabra clave